Se pueden dividir en pastas frescas y secas, según si han sido sometidas o no al proceso de desecado. Las pastas italianas
son unas preparaciones hechas a base de harina procedente de trigo duro
y sal. Debido a su composición, resultan muy ricas en carbohidratos y
tienen un sabor neutro, lo cual las hace compatibles con todo tipo de
alimentos.
Pastas frescas y pastas secas
Damos el nombre de pastas frescas a las que se
elaboran de forma más o menos artesanal, que no han sido sometidas a un
proceso de desecado y que para su consumo necesitan menos cocción que
la pasta seca. Su elaboración en casa es sencilla, el único material
necesario es una pequeña laminadora que podemos encontrar en cualquier
tienda especializada.
La receta de la pasta fresca es: 1 kg de harina fuerte (que no sea
para repostería), siete u ocho huevos (dependiendo del tamaño) y un
poco de sal. Podemos variar su composición, es decir, se pueden
sustituir los huevos por preparaciones como puré de espinacas, de
tomate o de remolacha. Esto da lugar a las pastas de colores.
Para su elaboración, hacemos un volcán con la harina, echamos parte
de los huevos (o del puré que hayamos elegido) y vamos amasando hasta
formar una bola uniforme que no se pegue a las manos y que cuando la
estiremos no se rompa. Una vez formada la masa, la dejaremos reposar
para que pierda el calor que le hemos dado con las manos (una media
hora aproximadamente). Seguidamente la laminaremos. Para ello, se
trocea la masa en pequeñas bolitas y se hacen con la laminadora o con
el rodillo de pastelería. Se dejan láminas muy finas y se trocean de la
forma deseada (tallarines, raviolis, espaguetis e incluso canelones y lasaña).
La pasta seca es la que se elabora
industrialmente, o artesanalmente y después se deseca. A partir de
harinas de trigo duro, agua y sal, podemos hacer distintas variaciones:
pastas al huevo secas o de colores. Se trata de un producto de una
conservación muy larga cuya cocción es menos breve que la pasta fresca,
aunque sus aplicaciones son las mismas.
La cocción
La pasta requiere mucha agua para diluir al máximo el almidón que
contiene. La proporción correcta es de un litro de agua por 100 gramos
de pasta. Al agua de cocción se le añade un chorro de aceite de oliva
y, cuando rompe a hervir, un puñado de sal. Cuando alcanza el punto de
ebullición, se añade la pasta y se remueve de vez en cuando para que no
se apelmace. En unos cuatro o cinco minutos la pasta fresca ya está
cocida; la seca tarda unos ocho o diez minutos.
La pasta estará "al dente"
cuando está cocida en el exterior pero en el interior queda un pequeño
hilo de pasta cruda, lo que hace que al masticar resulte ligeramente
dura. Para saber si ha alcanzado este punto, podemos sacar de la
cazuela una unidad y comprobar si en el interior queda un pequeño hilo
de pasta cruda (de color diferente). En el caso de los macarrones y los
espaguetis, por ejemplo, esto se ve cuando se parten por la mitad. En
ese momento, se saca del fuego y se escurre.
Cuando se va a consumir en el momento no es preciso refrescar la
pasta, pero sí conviene hacerlo si se va a comer un poco más tarde.
Así, una vez cocidos los macarrones, por ejemplo, hay que escurrirlos a
la vez que se refrescan bajo el chorro de agua fría, ya que si los
introducimos en agua fría y los dejamos a remojo con la intención de
que no se peguen entre ellos, lo que conseguiremos es que se hinchen de
agua y queden excesivamente blandos para su consumo. La manera correcta
de conservar la pasta una vez cocida, enfriada y escurrida, es untarla
ligeramente con aceite de oliva.
SALSAS PARA ACOMPAÑAR
Una vez cocida, sólo queda acompañar la pasta con una salsa.
Existen tres recetas italianas típicas para enriquecer estos platos,
muy fáciles de hacer, que utilizan ingredientes
básicos en la cocina: el tomate, el orégano, la albahaca y el romero.
Junto a ellas, no podemos olvidar la salsa típicamente mediterránea,
elaborada con ajo y aceite, que ofrece un sabor contundente y resulta
una alternativa muy sana.
La salsa napolitana se elabora a partir de
cebolla sofrita cortada en brounoisse (picadita en cuadradados
pequeños) a la que se añade salsa de tomate aromatizada con orégano,
romero y albahaca. La salsa de tomate guarnecida, por
otro lado, consiste en sofreír unos ajos troceados, a los que se añaden
unos champiñones laminados y, una vez cocinados, se añade salsa de
tomate y bonito en conserva. Se deja cocer el conjunto y se pone a
punto de sal. A esta salsa también se pueden añadir aceitunas
troceadas.
La salsa boloñesa parte de un sofrito de
verduras compuesto por cebolla, zanahoria, puerro y ajos, todo troceado
en brounoisse. Una vez sofritas las verduras, se añade la carne
triturada, que puede ser de ternera, de cerdo o una mezcla de ambas, e
incluso de pollo. Posteriormente, se aromatiza el guiso con un poco de
vino tinto y salsa de tomate, se deja cocer el conjunto, se pone a
punto de sal y se aromatiza con una pizca de orégano.
Por último, la salsa alioli está formada por
ajo y aceite. Para su elaboración, se fríen ligeramente los ajos
fileteados en aceite de oliva y cuando están dorados se añade la pasta
cocida y escurrida, se remueve rápidamente para que se impregne del
aroma de ajo y aceite y se espolvorea con un poco de perejil. Es
importante que la pasta no quede aceitosa, para lo que habrá que
ajustar muy bien la cantidad de aceite de oliva: una cucharada por cada
100 gramos de pasta. También se puede añadir una pizca de guindilla en
el momento de dorar los ajos si nos gustan los sabores picantes.
Via: Consumer.es